Homilia de Cardinal Bagnasco

Roma, Basílica de S. Pedro, 3.8.2019

Encuentro Europeo de los Guías y Scouts de Europa

Homilia «Parate viam Domini»

 

Queridos hermanos y hermanas, Scouts y Guías de Europa

Con gran emoción nos encontramos en el corazón del cristianismo, junto a la tumba del apóstol Pedro, destino de EUROMOOT, vuestro encuentro europeo. Tenemos en nuestros corazones las palabras que el Santo Padre Francisco nos acaba de dirigir, junto con su presencia paterna y alentadora. Renovamos nuestra gratitud hacia él y le aseguramos nuestra oración.

San Pedro nos mira y también el precursor Juan el Bautista, repitiendo la vieja y siempre buena nueva: «Parate Viam Domini», «¡Preparad el camino al Señor»! ¡Qué grave y dulce suena estas palabras bajo las bóvedas de esta distinguida basílica! ¡Qué buenas son para nuestros corazones! Tienes la vitalidad de tu juventud, años llenos de sueños y esperanzas, de audacia y de promesas. Pero recuerda, la juventud del corazón no es vieja: los años pasan rápidamente, pero la juventud debe permanecer, incluso si está velada por esa capa de sabiduría que el tiempo da a quienes la abrazan serenamente. Es por eso que podemos decir que las palabras de Juan son buenas para todos nosotros, para nuestros corazones jóvenes. En estos días de camino, has orado, probado la fraternidad seria y alegre, habéis  meditado juntos y en soledad, has trabajado en la Palabra de Dios, has buscado concreción en la exhortación de Juan el Bautista, y finalmente, a Aquel que conocísteis a través de las Escrituras, lo habéis encontrado en el abrazo vivo de los sacramentos. Ahora, dentro del misterio de la Divina Liturgia, ¿qué más podemos escuchar?

Queridos amigos, partísteis de diferentes caminos del continente y ahora estáis aquí, donde la sangre del Apóstol tiene como cosecha la sangre de tantos mártires que, ayer y hoy, la han derramado por la fe en Jesús, la razón de sus vidas. ¿Podemos olvidar este legado? ¿Podemos tomar la fe a la ligera, casi jugar con el Evangelio mientras ellos arriesgan sus vidas? ¿Podríamos mirar con desapego, casi a través de la ventana, a una multitud de cristianos que hoy en el mundo son perseguidos, excluidos, violados y asesinados a causa de la fe? ¿Podemos ser discípulos flojos y sofisticados mientras se enfrentan a todos los sacrificios por el amor de Dios? Creo que esta es la respuesta que surge de la tumba de Pedro y los mártires a la exhortación de Juan el Bautista: «Preparad el camino al Señor». La respuesta son los mártires y santos, hombres y mujeres, grandes y muy pequeños, que dieron sus vidas por él: Pedro y Pablo, Lucia y Ágata, Gianna Beretta Molla y Piergiorgio Frassati, Cirilo y Metodio, Benito y Edith Stein, John Henry Newman y Juan Pablo II … y una multitud que nadie puede contar. En sus vidas, prepararon los caminos de Dios, y así ayudaron a otros a encontrarse con Él, a abrir la tierra al Cielo, a abrir el camino en la noche para que llegara el día. Han entendido, golpeados por la Luz, que el hombre existe porque Dios está allí, que la fe no es un conjunto de emociones o buenos sentimientos, que la vida cristiana no es algo así como realizar tarea, sino que significa vivir en relación con Cristo; han entendido que lo más importante, la existencia, no es ser importante sino ser útil, que la libertad no es hacer lo que uno quiere hacer sino elegir el bien y la verdad, y que en un mundo sin verdad no se puede vivir mucho tiempo. Ellos entendieron que el sacrificio es el otro nombre para el amor, y que la alegría no es tener cosas sino confiar en Jesús, en un corazón a corazón que precede a toda actividad y servicio. Queridos jóvenes, Dios no es una idea, pero Él es alguien, y la oscuridad de la fe es una consecuencia del deslumbramiento de la Luz.

            Hoy Dios parece una presencia inadvertida, porque todo ayuda a distraernos de lo esencial: imágenes, palabras, sonidos, ruidos … todo tiende a distraernos, sabiendo que quienes crean sensaciones más fuertes capturan la libertad de los demás y la manipulan. La cultura generalizada difunde el mito de la omnipotencia para debilitar al hombre, confundirlo y usarlo. El bienestar material no es suficiente para ser feliz: si el alma permanece vacía de ideales verdaderos, si no encuentra a Dios, está perdida; no sabe de dónde viene y hacia dónde está caminando. El principal problema del hombre moderno, un problema a menudo no confesado, es la vida eterna, su destino final, el futuro más allá de la puerta del tiempo, si el fin de la raza terrenal es la trágica y fría nada. Solo lo eterno es el significado del hombre, porque nuestro pequeño corazón está hecho para Dios y nada más puede satisfacerlo.

Los santos y mártires son aquellos que nunca han perdido su sentido de lo Divino, de lo sobrenatural, de la belleza de la gracia. Cuando, como en nuestro tiempo, hay una tendencia a naturalizar el Evangelio, es decir, a quitarle la columna vertebral de la vida sobrenatural que Cristo vino a darnos, entonces el cristianismo se convierte en una agencia de servicios. El eterno Hijo de Dios vino a la tierra no tanto para compartir la vida del Hombre, sino mucho más para elevar al Hombre a Dios. Esto es lo que el hombre de todas las edades necesita y este es el centro de la misión de Cristo: «Ir al mundo entero». Solo el capricho de nuestra voluntad puede detenerlo y mantenerlo prisionero. ¿Podemos quedarnos afuera? ¿Podemos escondernos, por miedo a la confrontación, a la burla? ¿Pueden nuestros corazones encogerse hasta este punto? El mundo material y sensible necesita el mundo invisible: a veces lo teme porque escapa a sus parámetros, pero está intrigado, lo desea, a menudo inconsciente o inexpresado.

Debemos recordar las palabras del Maestro: estáis en el mundo pero no sois del mundo. La verdadera forma de estar en el mundo, de amarlo de verdad, es no dejarnos asimilar por el mundo: esto no significa solo ser crítico con la realidad como lo hace el nihilismo, sino ser testigos de la fe. En otras palabras, debemos mostrar que hay un mundo diferente, que no cancela el presente sino que lo apoya, lo abraza en la verdad. Este mundo no es una ideología; es Cristo, el Hijo eterno de Dios, el Salvador, el Príncipe de la justicia y la paz. Él es nuestro Principio y nuestro Destino, nuestro Camino. El es nuestra alegría.

 

Cardenal Angelo Bagnasco

Arzobispo Metropolitano de Génova

Presidente del Consejo de Conferencias Episcopales Europeas

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